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Apología

ACUSANDO A LOS HERMANOS QUE DENUNCIAN LOS FALSOS MINISTERIOS

Por: Daniel Mendoza P.
Fecha: Domingo, 29 de septiembre del 2013 ID: 201500000723

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(Filipenses 1: 14-18) “Y la mayoría de los hermanos, cobrando ánimo en el Señor con mis prisiones, se atreven mucho más a hablar la palabra sin temor. 15 Algunos, a la verdad, predican a Cristo por envidia y contienda; pero otros de buena voluntad. 16 Los unos anuncian a Cristo por contención, no sinceramente, pensando añadir aflicción a mis prisiones; 17 pero los otros por amor, sabiendo que estoy puesto para la defensa del evangelio. 18 ¿Qué, pues? Que no obstante, de todas maneras, o por pretexto o por verdad, Cristo es anunciado; y en esto me gozo, y me gozaré aún”

Introducción

El mensaje de Cristo en ese tiempo iba en contra del mismo principio de exaltación del César romano, el cual era considerado el “kirios” (señor), y debía ser honrado por todos de ese modo. Al decir que Jesús es el kirios (Señor), resultaba en una afrenta directa a la persona del emperador romano. Por ese motivo, la persecución hacia el Mensaje y hacia los que lo propagaban, iba en aumento.

A causa de esa persecución, el apóstol Pablo estaba preso en Roma cuando escribía por mano de un amanuense la carta a los de Filipos. Su condición de condenado, podía ser de tropiezo a todos aquellos que habían recibido el Evangelio por su ministerio, y que todavía eran muy débiles en la fe. Estos podrían sentirse avergonzados al no entender todavía, que el concepto del éxito de Dios, es muy diferente al concepto del éxito del hombre.

Para el hombre natural, tener éxito implica todo lo concerniente al triunfo conforme a lo natural de esta vida. Para Dios, el éxito tiene una implicación mayormente conforme a lo eterno.

El que vieran a Pablo en la cárcel, con el resto de condenados por múltiples delitos, podría – en su debilidad de fe - ser un motivo de duda acerca del Evangelio. Gracias al Cielo no fue así, sino todo lo contrario. Por eso él escribe así: “Quiero que sepáis, hermanos, que las cosas que me han sucedido, han redundado más bien para el progreso del evangelio de tal manera que mis prisiones se han hecho patentes en Cristo en todo el pretorio, y a todos los demás. Y la mayoría de los hermanos, cobrando ánimo en el Señor con mis prisiones, se atreven mucho más a hablar la palabra sin temor” (Fil. 1: 12-14)

Lejos de avergonzarse y de dejar de proclamar el Evangelio, los hermanos se mostraban mucho más valientes y atrevidos a la hora de dar a conocer el mensaje de Cristo.

1. Los dos tipos de predicadores

Ahora bien, de todos aquellos que predicaban a Cristo, unos lo hacían de buena voluntad, y otros, por motivos perversos; “por envidia y contienda” (V. 15) ¿Cómo era eso, y a qué era debido?

Estos últimos, curiosamente, predicaban el Evangelio, pero por ambición egoísta, insinceramente. Esos predicadores se aprovechaban de la situación de Pablo en la cárcel, para tratar de brillar ellos mismos, con la intención de mostrar a todos que el apóstol Pablo no era el único predicador dotado de las mejores cualidades para ese ministerio. Les movía la envidia hacia Pablo, y por esa misma envidia y detracción, pensaban que Pablo les tendría envidia, ya que ellos estaban libres para predicar y seguir predicando, mientras que él estaba preso, y por tanto, incapacitado para salir a predicar por doquier. Pero Pablo no tenía envidia, sino todo lo contrario. Él exclamaba:

“¿Qué, pues? Que no obstante, de todas maneras, o por pretexto o por verdad, Cristo es anunciado; y en esto me gozo, y me gozaré aún”

Nótese bien que Pablo no se duele porque no se predicara a Cristo conforme a Cristo, sino todo lo contrario. Ausente de toda envidia y celos carnales, Pablo se gozaba de que el Evangelio, de una manera u otra, era predicado. Para él, la finalidad en esos momentos era la proclamación de la cruz, independientemente de los motivos, ya expuestos.

2. Pero, ¿qué ocurre hoy en día?


En aquel tiempo, el Evangelio era predicado tal y como es, pero hoy, no. Hoy por hoy, muchos ministros y ministerios que se dicen cristianos, realmente no lo son, ya que predican un evangelio añadido y diferente, anatema en todo caso (véase Gl. 1: 8, 9).

El apóstol Pablo se alegraba, y aún se gozaba de que independientemente de los motivos - muchos de ellos totalmente carnales, como hemos visto - la Palabra de Cristo a pesar de todo, era expuesta; no obstante, si Pablo estuviera entre nosotros hoy, no diría lo mismo que dijo, observando esos ministros y ministerios aludidos, ya que lejos de predicar a Cristo predican a otro cristo, otro evangelio, otro espíritu.

El Ecumenismo, el G12 en todas sus variantes, la filosofía de la prosperidad material a ultranza, la confesión positiva, el posmodernismo, los actuales falsos apóstoles y profetas, la fe en la fe, el posibilismo, el decretar, el reinar ahora, etc. así como cualquier exposición doctrinal trascendente que no se sustenta en la Biblia, sino que la contradice; todo ello, se constituye como concepto antagónico al Evangelio de nuestro Señor Jesucristo; y sin embargo, se presenta como el evangelio, por parte de esos falsos ministerios.

A nadie que sea realmente de Cristo le impresiona o maravilla el presunto éxito aparente de esos falsos ministerios, que actúan muchos de ellos compitiendo entre sí, a modo de aquellos malos ministros mencionados por Pablo en la carta a los Filipenses. No obstante estos acusan a los verdaderos ministros del Señor, que se atreven a denunciar su falso evangelio, de envidiosos y sediciosos.

Así pues, el contender ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos (Jud. 3), por parte de los que nos oponemos a las mentiras religionistas, es interpretado por esos falsos ministros como envidia y detracción. ¡Nada más lejos que eso!

Aquellos ministros de la carta a los filipenses, tenían envidia de Pablo, por ser Pablo quien era, y cómo era usado por Dios, y Pablo de ese modo los expuso. Pero no nos equivoquemos, eran los malos ministros lo que le tenían envidia, no los buenos ministros. Ningún verdadero y santo ministro de Cristo va a tener envidia de otro ministro de Cristo; eso es inconcebible.

Si esos presuntamente exitosos ministerios aludidos estuvieran predicando realmente a Cristo, todos nos alegraríamos y gozaríamos como hizo Pablo respecto a aquellos que lo hacían por motivos perversos. Lamentablemente eso no puede ser así, ya que no predican a Cristo, sino que predican una perversión crística.

3. Conclusión

No es justo, ni aceptable ante Dios el usar el párrafo de Filipenses 1: 15-18 para acusar a verdaderos hermanos de envidia y sedición, cuando denuncian a los falsos ministros y sus falsos ministerios.

Al contrario, estos buenos hermanos están (estamos) obedeciendo el mandato de Cristo, a saber:

“Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos. 4 Porque algunos hombres han entrado encubiertamente, los que desde antes habían sido destinados para esta condenación, hombres impíos, que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo” (Judas 3, 4)

SOLI DEO GLORIA

© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey Jesucristo, Madrid, España.
www.centrorey.org 

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Este artículo está bajo una licencia de Creative Commons.

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Sofonías 3:17 (RVR 1960)

Jehová está en medio de ti, poderoso, él salvará; se gozará sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cánticos.

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