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Reflexión

Creyentes incrédulos

Por: Daniel Mendoza P.
Fecha: Jueves, 15 de agosto del 2013 ID: 201500000687

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E. Leonard Ravenhill
Hemos adoptado la comodona teoría de que la Biblia es un libro para ser explicado, cuando es, ante todo y en primer lugar, un libro para ser creído (y después obedecido).


¿No es verdad que en las Conferencias Bíblicas no hacemos más que oír la repetición de cosas que nos sabemos de memoria y salimos sin ningún crecimiento en la fe? Quizá Dios no ha tenido jamás, en el mundo, un grupo tan numeroso de creyentes incrédulos como el que tiene en estos días. ¡Qué vergüenza! 

Apenas nunca asistimos a una reunión de oración sin que oigamos: “Señor, Tú puedes hacer esto”, al exponer alguna necesidad particular. Pero ¿es esto fe? No; es tan solamente un reconocimiento del atributo de Dios llamado Omnipotencia. Cambiar el agua en vino está dentro del dominio de su poder.

Pero Jesús cambió el agua en vino para suplir una necesidad. Claro está que necesidades siempre las hay. Decir que Dios puede transformar en oro esta mesa de madera no cambia la madera en oro. Fe es creer que Dios hará lo que le pedimos, sea lo que sea.

Todos sabemos que la fe es una de las tres virtudes cardinales (fe, esperanza y amor); la mayor de las tres no es la fe, sino el amor; pero ¿debemos por ello olvidarla? El caso es que aquellos que ponen el énfasis en el amor tampoco poseen dicha virtud del modo debido, pues se necesita fe para tener amor en un mundo como el que vivimos. ¿Y dónde está la fe en nuestros días? Nos gusta citar: “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta” (Filipenses 4:19); pero ¿lo creemos realmente?

La duda retrasa y a menudo destruye la fe. Pero la fe destruye la duda. El libro de Dios no dice: “Si puedes explicar bien la Escritura, todas las cosas son posibles a quien entiende la Biblia.” Dios es un Ser que no podrá jamás ser explicado en el presente; y pienso que no lo comprenderemos ni en la eternidad. Pero el Libro inmutable, la Biblia, dice: “Si puedes creer, al que cree todo le es posible” (Marcos 9:23).

El mayor impedimento para poder traducir los creyentes las promesas de Dios en hechos reales ante la vista de los hombres es esta malhadada cosa: el “yo”, que fue destronado, y más aún, “con Cristo estoy juntamente crucificado” (Gálatas 2:20). Entonces Cristo fue puesto en el trono de tu vida. 

Y antes de poder ser limpiados y listos para que Cristo controle nuestro egoísmo, nuestro orgullo, nuestro propio interés, nuestra autocomplacencia, nuestra propia justicia, nuestra autosuficiencia, y todo lo demás, es necesario que el “yo” muera enteramente. 

Poco importa lo que uno es ante los hombres, ni lo que sabe, sino lo que es ante los ojos inescrutables de Dios. Si desagradamos a Dios, ¿qué importa agradar a otros? Una cosa es lo que somos y otra lo que podemos ser en unión de Cristo.

Hay una fe justa, natural, intelectual y lógica, y hay una fe exclusivamente espiritual. El más grande benefactor de esta generación será alguna persona que con su firme —aunque mal considerada— fe evangélica atraiga el poder del Señor. Permanece la promesa: “El pueblo que conoce a su Dios se esforzará y actuará” (Daniel 11:32).

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Este artículo está bajo una licencia de Creative Commons.

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San Lucas 20:35-36 (RVR 1960)

Mas los que fueren tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo y la resurrección de entre los muertos, ni se casan, ni se dan en casamiento. Porque no pueden ya más morir, pues son iguales a los ángeles, y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección.

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