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Apología

De las ventas en el templo

Por: Daniel Mendoza P.
Fecha: Jueves, 11 de agosto del 2016 ID: 201600000104

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“…Quitad de aquí esto, y no hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado” (Juan 2:16)

Muchos han pasado por las afueras de la Catedral de Santiago, a un costado de la Plaza de Armas. En aquel lugar muchas personas hacen venta de muchos objetos que para los católicos constan de una especie de religiosidad. Apenas observé cómo se comercializaban estas cosas recordé aquel pasaje donde nuestro Bendito Señor Jesucristo purificó el templo, despidiendo a los mercaderes y a los cambistas. En mi corazón aquel pasaje irrumpía con ímpetu aquella realidad que ante mis ojos se presentaba, pero debo reconocer que hasta ahora no lo había reflexionado totalmente. Jamás tomé el mismo criterio para analizar si a la iglesia a la que he asistido realmente estaba haciendo lo contrario a esta práctica apóstata. Luego de un análisis completo me lleve una gran sorpresa.

Sobre la purificación del templo

Los evangelios nos dan clara cuenta de este evento, en el cual Jesucristo observó la gran cantidad de transacciones que se efectuaban en el templo. La cronología de los evangelios hace mención a dos purificaciones, la primera en el evangelio según San Juan, y la segunda relacionada con la higuera estéril en los evangelios restantes.

Sin embargo, el tema central está en el evento mismo, los cuales son relatados de forma idéntica. Dice el evangelio según San Mateo: “Y entro Jesús en el templo de Dios, y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo, y volcó las mesas de los cambistas, y las sillas de los que vendían palomas; y les dijo: Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones” (Mateo 21:12-13). Jesús menciona las palabras del profeta Isaías: “…porque mi casa será llamada casa de oración” (Isaías 56:7), cumpliendo los propósitos de Dios: “Porque me consumió el celo de tu casa…” (Salmo 69:9).

¿Por qué el Señor sintió celo respecto a lo que se hacia en el templo? Los mercaderes y los cambistas cometían fraude en sus transacciones: utilizaban el sistema ritual de sacrificios como medio de ganancia financiera. Jesús cumple la profecía mesiánica de limpiar a los hijos de Leví (Malaquías 3:1-3) purificando las labores del templo. Eran los hijos de Levi los encargados de administrar el tabernáculo, y por ende, de realizar los sacrificios expiatorios por el pueblo.

Estos, como lo dice en el evangelio según San Juan, vendían los tipos de animales que la ley encargaba como requisitos para el sacrificio: “y halló en el templo a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas allí sentados” (Juan 2:14). Fue la venta de las cosas sagradas lo que consumió a Jesucristo en celo sobre la casa de su Padre.

No es menor decir que este acontecimiento ocurrió en el sitio mas sagrado de Israel, y también en el momento mas solemne del año: “Estaba cerca la pascua de los judíos…” (v. 13). Es muy probable que la demanda de estas especies aumentara considerablemente en aquella fecha, generando reales tumultos de consumidores en el templo, especialmente de los peregrinos. Es por ello que Jesús menciona: “…Quitad de aquí esto, y no hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado” (Juan 2:16).

Sobre la utilización de esta enseñanza en nuestra iglesia

¿Qué hace a nuestra iglesia tan diferente que puede estar inmune a un autoanálisis basado en las Escrituras? Subjetivamente utilizamos estos pasajes para criticar a otros, exceptuándonos de su enseñanza, pero el Señor dice: “… ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja que está en el ojo de tu hermano” (Lucas 6:42).

¿Realmente hemos sacado esta viga de nuestros ojos, que miramos la maldad de otros sin contemplar nuestro propio pecado? Especificamos en el inicio de este trabajo que el proceso de reforma consta de tomar las Escrituras para reflejarnos en ella, y notar todas aquellas cosas que no van acorde a la Palabra de Dios. Este mismo principio aplicaremos, para notar que Dios también nos habla a nosotros. Dejemos de hacer oído sordo a muchos pasajes de la Palabra de Dios, al sentirnos eximidos de la gran mayoría de sus correcciones.

¿Realmente podemos realizar estas transacciones bajo el lema de "Es para la obra del Señor"?

Nicolás Maquiavelo, pensador de finales del siglo XV, sostuvo una discutida frase: “El fin justifica los medios”. Con seguridad esta frase entra en conflicto con las enseñanzas bíblicas, pues supone pasar a llevar cualquier cosa, incluso a las personas, con el propósito de llegar a la meta. Según este razonamiento, la meta cumplida podría justificar asesinatos, sufrimiento, fraude, etc., eventos ocurridos en el camino al objetivo.

Para los cristianos esta frase solo representa una terrible caída en la historia del pensamiento. Sin embargo, si llevamos esta inhumana frase a nuestras formas doctrinales podríamos sorprendernos en la forma en que coincide: “No importan los medios de transacción, lo que importa es el fin: obtener dinero de esas ventas”.

No se cuál será la ocupación de aquel dinero reportado; no es asunto de este trabajo. El problema es el cómo lo obtenemos, pasando a llevar el respeto por las cosas de Dios. Podemos tener fines maravillosos (“Para la obra del Señor”), pero si los métodos ocupados para conseguirlos desagradan a Dios, no estamos haciendo una buena tarea, es más, estamos contrariando la voluntad de Dios. Sin embargo, los sucios caminos que utilizamos para la obtención de dinero siguen siendo justificados una y otra vez por nuestros objetivos propuestos, lo que con seguridad es un pecado.

Sobre la manera en que creamos un mercado dentro del templo

1.- Casinos. En la gran mayoría de las iglesias pentecostales se genera dinero por medio de los casinos, por lo menos así lo he visto en mi iglesia. El casino es un lugar anexo al templo que permite a los hermanos comprar alimentos preparados, tales como sopaipillas, churrascos, completos, budines, bebidas, entre otros.

El pago que los hermanos hacen para consumir estos productos va en directo beneficio de los fondos de la Iglesia. Desde un punto de vista sistemático esto no pareciera perjudicar las normales actividades del culto, ya que el local de comida se encuentra afuera del templo y no incide en dineros ofrendados, sino en un pago por consumo. Sin embargo, cualquiera que haya estado en nuestras iglesias se recordará de aquella distinguida frase: “En los comedores hay bendición”. Según lo que estudiamos de la bendición, esta no puede ser comprada por un monto de dinero, más bien carece de todo precio.

Es un regalo de Dios. Cuando afirmamos que en los comedores hay bendición, estamos incentivando a la congregación a comprar aquellos productos tomando el nombre de Dios y la acción de Dios en vano. Cualquiera que diga que si uno lleva un trozo de queque al hogar será motivo de bendición está negando el principio básico y fundamental de las bendiciones de Dios: ser dadas de gracia, y sin costo alguno.

Más bien todo aquello es un simple disfraz que permite facilitar la compra de los productos. Quizás si no se mencionase que un churrasco “trae bendición incluida” los hermanos no lo comprarían, pero por pensar que están hechos para la “obra del Señor” o en propósito de ella, favorecemos la importancia de su adquisición.

Sin embargo, muchos rehúsan de comprar estos productos no por carecer de necesidad de las bendiciones de Dios, sino por falta de dinero, pues los productos del casino no son regalados. Hemos permitido que este lucrativo e injustificado sistema se expanda como epidemia en nuestras iglesias.

2.- Sorteos, rifas y lotería. Otras formas de venta son los talonarios, rifas, números de sorteo, etc. Muchas veces decimos que si el hermano no esta atento al altar pueda que pierda su bendición. Pues si estamos tan pendientes de recibir tal bendición, ¿Por qué no se cancelan todo tipo de ventas que distraen al oyente? Muchas veces estas compras llegan a ser esenciales, no por mantener a la iglesia en sus gastos básicos, sino para solventar necesidades del casino, actividades de un cierto grupo o cuerpo, en fin, una fila de domino generada por un sistema que hemos permitido que se expanda por nuestras iglesias.

En muchas iglesias se oprime a la hermandad con los llamados talonarios. Desde los altares se comunicaba que “este compromiso era con el Señor”, aterrorizando a los hermanos con la justicia de Dios, haciéndolos pensar que si no cumplen aquella cifra estipulada le estarán robando a Dios. Todo fue hecho para presionar a la hermandad, tomando nuevamente el nombre de Dios en vano. Sin embargo, uno de los mayores problemas a este errado sistema es la utilización de un medio pecaminoso. ¿No se supone que los juegos de azar y lotería son medios mundanos?

En los juegos de lotería uno compra un número que permite ganar un determinado premio. ¿Cuál es la diferencia con nuestra iglesia? De igual forma hacemos tómbolas, rifas y sorteos. Muchos dirán que el dinero recaudado es para la Iglesia. Sin embargo, el fin no justifica los medios. Si utilizamos medios pecaminosos para un fin bueno, ¿Realmente cumplimos la voluntad de Dios?

3.- Venta de la alabanza en medio del culto. Nuestra alabanza también ha sido empaquetada para la comercialización. La Palabra de Dios nos enseña que la alabanza es una expresión sincera y sin mancha que nosotros dedicamos a nuestro Dios: “Dad a Jehová la gloria debida a su nombre; Adorad a Jehová en la hermosura de la santidad” (Salmo 29:2).

Es una bella ordenanza de nuestro Dios, para demostrar nuestro agradecimiento en todo. Sin embargo, esta bella expresión de exaltación no ha quedado inmune a nuestros deseos comerciales. Es común ver muchos cds y Dvds en pequeños stands en las puertas de nuestras iglesias. Muchos hermanos promocionan los discos en medio de los cultos, paseándose por los pasillos para que los hermanos puedan acceder a su compra.

Lo más sincero que tenemos en sentido de agradecimiento y exaltación a nuestro Dios pareciera no salvarse de nuestros diseños lucrativos. En los tiempos de Jesús los mercaderes vendían elementos dedicados al sistema expiatorio. Por nuestra parte, nosotros comercializamos un elemento importantísimo para la sincera exaltación a nuestro Dios.

De esta forma hemos transformado irrespetuosamente la casa de oración en un local de ventas, no solamente de quesos, completos, churrascos, bebidas, sopaipillas, números de rifa o talonarios, sino que también de cds con alabanzas a Dios, revistas, diarios con información relativa a la iglesia, y un sinfín de cosas que conforma una fuerte red de comercio que gobierna los alrededores de la casa de Dios.

Si en las entradas, costados o alrededores de los templos se comercializan tantas cosas, ¿Qué se podría esperar de lo que se hace adentro? Ruego a Dios, que así como nuestro Señor Jesucristo quitó las mesas de los cambistas y de los comerciantes, así también reforme nuestra conciencia, y construya temor y respeto por la casa de Dios, purificando nuevamente nuestros templos. La iglesia debiese ser un lugar para la oración, el crecimiento espiritual y la alabanza, y en ninguna forma un local de ventas.



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Eclesiastés 12:1 (RVR 1960)

Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos, y lleguen los años de los cuales digas: No tengo en ellos contentamiento.

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